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* DON QUIJOTE S.XXI
Vino de ninguna parte y se quedó entre nosotros: flaco y entusiasta, y ante todo loco. Más de cuatrocientos años después de su primera aparición continúa deambulando cual espada que no se quiebra por las librerías del mundo entero, en busca de su amada Dulcinea, de sus feroces gigantes, de la cordura que es enajenación para algunos, ingenio para otros, fervor para el resto. Ése gran hombre insubordinado, Don Quijote, me refiero, fue, es y será el héroe siempre bien acompañado, el que mira con ojos de ensueño, el que ambicionó sin querer lo que realmente importa en la vida: amor, honor y la filosofía que busca la autenticidad salpicada por los pinceles del atrayente y aguantable desvarío. Miguel de Cervantes visionó en su mente y enseguida en su corazón a un personaje jactancioso que no podía ser real; más tarde, la fantasía se volvió realidad mediante la tinta, y germinó algo más que un clásico literario, se dio a conocer la manera más noble de vivir y morir a lomos de un Rocinante endurecido por el espíritu liberado de su dueño. Aún hoy, cuentan los que lo vieron, cabalga por esa Mancha idealizada el caballero que ya era caballero incluso antes de serlo. Observa, dicen, desde lo alto de su manera de existir, todas las injusticias presentes: guerras, apariencias, políticos corruptos, mercantilismo brutal, ética y moral prácticamente inexistentes. .. Y al ver todo esto gira su rostro de hidalgo recio y membrudo hacia su servicial amigo y escudero Sancho, y dice: “Algo tendremos que hacer para cambiar lo que es necesario cambiar”. Y es que en estos tiempos de crepúsculo social y desfallecimiento humano, donde vale más un saco de monedas que una forma de actuar benevolente, es pulcro saber que algunos personajes continúan lidiando contra la ilegalidad, a ras de manumisión, aunque éstos sean personajes ficticios, emergidos de una pluma eficaz, de una mente relevante, de una noche más sin poder pegar ojo para lograr darle forma precisa y franca a unas palabras muy bien escritas. Es bello, digo, saber que Don Quijote vive en nosotros cuando estrechamos la mano a ése que primeramente nos negó la suya, cuando amamos y sabemos que sólo es amar, pero que no hacerlo es completamente irracional, aún sabiendo que no seremos incumbidos de ninguna de las maneras. Es un prodigio la vida, inclusive la muerte…, y resucitar distinguidamente para retornar a la existencia, para volver a morir por nuestros, en algunos casos, desatinados y censurados sueños. Es enriquecedor saberse mortal en manos de la perpetuidad, en manos de la indecente travesía que nos conduce a ese lugar de donde no se vuelve por mucho que lo desees, ese lugar de donde salió Don Quijote en busca de lo que exclusivamente se puede localizar a base de muy poca cordura y mucha decencia.
Alexander Vórtice diariodepontevedra * opinionvortice
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